EL MÉTODO IYENGAR
El uso de soportes —cuerdas, ladrillos, cinturones, mantas— es todo un laboratorio para aprender a habitar el cuerpo sin violencia y a disciplinarlo por la via correcta. Con ellos se prolonga el tiempo en la postura, se ajusta el esfuerzo a cada persona y se abre un espacio para la inteligencia somática.
Iyengar enseñaba que el cuerpo es la primera puerta de acceso al silencio. A través de la disciplina física se revela la mente: el asana se convierte en una práctica de observación, donde lo fisiológico y lo mental se entrelazan. La respiración, guiada conscientemente en la estabilidad de la postura, conduce a una atención más honda y sostenida.
No se trata de lograr flexibilidad ni de imitar formas, sino de despertar una sensibilidad que conecta el detalle con lo esencial. Practicar Iyengar es aprender a mirar dentro, con la misma minuciosidad con la que se ajusta un pie, un hombro o la dirección de la mirada.